La tradición nos cuenta una anécdota del joven esclavo Epicteto que, siendo niño fue sometido a un castigo ejemplar. Iban a incapacitarle por haber intentado huir y desde aquella tierna edad mostraba la fortaleza espiritual del estoicismo.
Su dueño golpeó incesantemente su pierna y el no mostró el menor signo de dolor en su rostro ni exclamó el más breve sonido. Al finalizar el castigo se limitó a sentenciar: "Te lo advertí. Ahora tienes un esclavo cojo".
Su vida transcurrió entre la frugalidad y la humildad más absolutas. Su única pertenencia, era una lamparilla de aceite que utilizaba para leer por las noches en una casa que no tenía puertas dado que no tenía bienes que le pudiesen robar. Toda su aportación a la estoa romana, la conocemos por terceros (Como sucede con muchos de estos grandes hombres, ágrafos a los que conocemos por intercesión de discípulos).
Y en contraste tenemos a Séneca. Perteneciente al ordo senatorial y con una riqueza y una preeminencia en la sociedad romana, de primer nivel. Escribía sobre la virtud y la sabiduría y su discípulo más célebre, el despiadado y enloquecido emperador Nerón nos da cuenta de su ostensible fracaso como preceptor de la doctrina estoica.
Su vida iba entre banquetes, ceremonias y honores de todo tipo ¿Cómo puede existir un paralelismo entre ambos hombres y como ambos pudieron cultivar la misma doctrina; la misma cosmogonía?
Creo que Seneca durante la mayor parte de su vida no era sino un retórico. La incongruencia manifiesta entre aquello que predicaba y aquello que practicaba él mismo la reconocería -Lo hace refiriéndose a la vida bienaventurada y a manera de paráfrasis, entendía que la búsqueda de la virtud era una anhelo en ciernes. Que algún día podría ufanarse de haberla alcanzado pero que mientras tanto, se reconocía como un necio, alejado de la misma- y sólo al final de sus días, tendría ocasión de demostrar que su estoicismo partía desde la honestidad intelectual.
"La conjura de Pisón" implicó a Séneca en una trama para asesinar al emperador Nerón -Aunque nunca se acreditó que participase de forma alguna-. En atención a la cercanía de Seneca con la domus imperial durante tantos años, se le conminó a practicar lo que se denominaba por aquel tiempo, "La extrema necesidad" (Un suicidio para evitar la infamia del martirio y del calabozo).
Me permito parafrasear a Tácito para describir su muerte. Se abrió las venas de los brazos y al ver que la sangre fluía tan lentamente (Era un hombre enfermo) se abrió también las de las piernas y también con un flujo tardo comprobó que aquello demoraría más tiempo del esperado. Solicitó a uno de los libertos enviados por Nerón un poco de cicuta (El mismo veneno empleado por Sócrates 500 años atrás) y no sólo el fármaco no le había matado si no que el flujo de brazos y piernas había disminuido aún más. Hizo que preparasen una tina con agua caliente y se metió en esta. Ahora el flujo de la sangre era más copioso y en breve tiempo estaría muerto.
Según describe Tácito, su rostro era impasible ante el advenimiento de la muerte. No mostró el menor signo de dolor ó preocupación y sólo tuvo buenas palabras para con los esbirros que había mandado Nerón para comprobar que efectivamente se matase. "No es más que un cambio de lugar" reflexionó Séneca antes de exhalar el último aliento.
En las magníficas Epistolae que escribió casi al final de su vida, Séneca estaba convencido de que dios habitaba en todos nosotros y que el alma humana era una parte de esa divinidad que nos había sido concedida para maravillarnos de la existencia misma. Que no tendría sentido cultivar la grandeza del espíritu si este feneciere junto con el cuerpo. Y esa convicción le llevo a afrontar la muerte con el talante que se esperaría de un verdadero estoico.
Cien años más tarde, Marco Aurelio se desharía en elogios para con Epicteto a quien consideraba pilar fundamental de su propio estoicismo, sin dedicar ni una sola línea al incongruente Séneca en sus Meditaciones, no obstante de compartir una ciega convicción en la inmortalidad del espíritu y en nuestra naturaleza divina que no tenía otra influencia que la del propio filósofo cordobés.
Y en la actualidad, lo sabemos todo acerca de Séneca y casi nada acerca del enigmático Epicteto. Sin duda la posteridad perdonó su licenciosa cercanía con una de las formas más obscenas del poder y su exultante riqueza. Al final, hemos querido recordar a Séneca como él hubiese preferido.