domingo, 19 de noviembre de 2023

El gran diluvio inminente y otras catástrofes en la mentalidad romana.

Naturales Quaestiones de Séneca, más allá de su novísimo uso indeterminado de las declinaciones (Algo que tacharía alguien como Don Antonio de Nebrija de contaminación de la pureza esencial de la lengua latina) nos regala algunas pinceladas de aquello que los romanos pensaban acerca del mundo. 

Mientras que en la actualidad hay adeptos de la tierra plana, para los romanos la ciencia de Eratóstenes era conocida y estaban convencidos de su esfericidad. También de su diminuto tamaño en comparación con el sol, mismo que flotaba muy lejos de esta sobre el éter (Sustancia que hacía flotar las cosas, que estaba por encima del aire y sobre la cual discurrían los cuerpos celestes). 

Fenómenos como el arcoiris y la refracción del espectro lumínico, los terremotos o la precipitación pluvial también se conocían. Más allá de la superstición y la magia, la técnica y la ciencia eran cultivadas en la civilización más avanzada de la antigüedad y el conocimiento de las causas últimas de la realidad ocupaba su inquietud (El propio Séneca cita algunos otros tratados que no han llegado a nosotros). 

Pero tal vez lo más interesante, es la convicción absoluta de que un gran diluvio anegaría la tierra y exterminaría a la humanidad; como si fuese a ocurrir de un momento a otro y fuese algo tan evidente e inevitable; tan conocido por todos y tan esperable que era ocioso explicar el motivo. Todas las culturas de la antigüedad tienen su particular mito de un gran diluvio que marca un nuevo comienzo en la historia del mundo (Los romanos adoptaron aquel de Deucalión y Pirra de los griegos) pero tal vez sólo en la escatología romana existe este segundo gran diluvio que definitivamente arrasaría con todo cuanto existe. 

También, considerando que la obra fue escrita tal vez diez años antes de la gran erupción del Vesubio que sepultaría a las ciudades de Pompeya y Herculano, es sumamente curioso saber por voz de Séneca que un gran terremoto habría destruido ambas ciudades algunos años atrás. Si en la actualidad las principales infraestructuras y vías de una ciudad se restauran al cabo de décadas después de una gran catástrofe, seguramente en la antigüedad las labores de restauración fuesen aún más lentas y con un terremoto previo, me resulta ahora mucho más entendible que la erupción hubiese sido tan inevitable y devastadora. 

En suma, un tratado que pretende ser riguroso y lleno de sabiduría. Pero que dos mil años después, no es sino un compendio de intuiciones (Algunas acertadas) y supercherías de la antigüedad (Que siempre son, tratándose de Roma, fascinantes). 




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