Manlio podría haber pasado a los anales como uno de los héroes romanos contra la invasión gala; fue quien escuchó el graznido de los cisnes en el templo de Juno Moneta, justo cuando los galos intentaban tomar por asalto la ciudadela con nocturnidad. Pero el mal de la hybris se apoderó de su existencia y los dioses siempre castigan severamente tal insolencia. En el orden natural de las cosas impuesto por las deidades, nadie debe ambicionar más de lo que es y de lo que buenamente está destinado a hacer en esta vida.
Envidiaba profundamente los honores de Camilo. Anhelaba las ovatio y los triunfos del tribuno y dictador. Aunque Camilo es uno de esos hombres que aparecen cada cien años en cualquier lugar y Manlio era tan pedestre y tan común que la sola comparación entre ambos es oprobiosa para el héroe de Belles. No obstante, Manlio era un avezado manipulador y un creativo escenógrafo cuyas dotes harían palidecer de estupor a Sófocles ó incluso al propio Esquilo; un embaucador de la plebe que sabía que cuerdas tocar en la desafinada orquesta del gentío carente de orden y concierto.
Sin duda es el fundador del partido popular romano. Ni siquiera César era tan ingenioso para halagar a la plebe ó el propio Augusto les tenía tan plácidamente comiendo de su mano. Siempre hubo tiranteses entre la plebe y el patriciado y los tribunos de la plebe desde la instauración de su magistratura, siempre tuvieron animadversión al Senado; incluso en alguna ocasión, la plebe amenazó con abandonar Roma huyendo al Esquilino, pero nunca antes había existido un conflicto civil de las proporciones que despertó Manlio entre la ciudadanía romana.
El anatocismo, era una práctica común en la Roma republicana. Había familias de muy rancio abolengo cuya actividad usurera era prácticamente el total de las rentas que devengaban (Como la tristemente célebre gens Claudia) y era una extendida actividad económica que gracias a las estrictas leyes contra los deudores (Un deudor podía perder la vida o la libertad) asfixiaban a las modestas familias plebeyas. La lucha contra la usura fue su bandera y no obstante de guardar en su casa la memoria de insignes cónsules y siendo senador desde los veintitrés años, abandonó su preeminente linaje y se entregó a asusar al populacho para asaltar la institucionalidad republicana y hacerse con el poder a hombros de la plebe.
¿Era una causa justa? Desde luego que lo era. En cualquier sociedad civilizada como demuestra la propia historiografía romana, abandonar el anatocismo es un imperativo moral que debiera sancionar la ley. Ese espíritu de justicia sin duda inspiró causas igualmente justas y encomiables como la promulgación de la Ley Hortensia. Pero Manlio no lo hacía para beneficiar a los más desfavorecidos, que con motivo de la destrucción de la ciudad habían perdido todo cuanto tenían. Lo hacía en un desquiciado frenesí para prevalecer por encima del hombre más valioso que había parido hasta ese momento la república romana; para ser más que el ilustre Camilo.