martes, 16 de julio de 2024

Manlio contra Camilo: El nacimiento del populismo (I).

 Manlio podría haber pasado a los anales como uno de los héroes romanos contra la invasión gala; fue quien escuchó el graznido de los cisnes en el templo de Juno Moneta, justo cuando los galos intentaban tomar por asalto la ciudadela con nocturnidad. Pero el mal de la hybris se apoderó de su existencia y los dioses siempre castigan severamente tal insolencia. En el orden natural de las cosas impuesto por las deidades, nadie debe ambicionar más de lo que es y de lo que buenamente está destinado a hacer en esta vida. 


Envidiaba profundamente los honores de Camilo. Anhelaba las ovatio y los triunfos del tribuno y dictador. Aunque Camilo es uno de esos hombres que aparecen cada cien años en cualquier lugar y Manlio era tan pedestre y tan común que la sola comparación entre ambos es oprobiosa para el héroe de Belles. No obstante, Manlio era un avezado manipulador y un creativo escenógrafo cuyas dotes harían palidecer de estupor a Sófocles ó incluso al propio Esquilo; un embaucador de la plebe que sabía que cuerdas tocar en la desafinada orquesta del gentío carente de orden y concierto. 


Sin duda es el fundador del partido popular romano. Ni siquiera César era tan ingenioso para halagar a la plebe ó el propio Augusto les tenía tan plácidamente comiendo de su mano. Siempre hubo tiranteses entre la plebe y el patriciado y los tribunos de la plebe desde la instauración de su magistratura, siempre tuvieron animadversión al Senado; incluso en alguna ocasión, la plebe amenazó con abandonar Roma huyendo al Esquilino, pero nunca antes había existido un conflicto civil de las proporciones que despertó Manlio entre la ciudadanía romana. 


El anatocismo, era una práctica común en la Roma republicana. Había familias de muy rancio abolengo cuya actividad usurera era prácticamente el total de las rentas que devengaban (Como la tristemente célebre gens Claudia) y era una extendida actividad económica que gracias a las estrictas leyes contra los deudores (Un deudor podía perder la vida o la libertad) asfixiaban a las modestas familias plebeyas. La lucha contra la usura fue su bandera y no obstante de guardar en su casa la memoria de insignes cónsules y siendo senador desde los veintitrés años, abandonó su preeminente linaje y se entregó a asusar al populacho para asaltar la institucionalidad republicana y hacerse con el poder a hombros de la plebe. 


¿Era una causa justa? Desde luego que lo era. En cualquier sociedad civilizada como demuestra la propia historiografía romana, abandonar el anatocismo es un imperativo moral que debiera sancionar la ley.  Ese espíritu de justicia sin duda inspiró causas igualmente justas y encomiables como la promulgación de la Ley Hortensia. Pero Manlio no lo hacía para beneficiar a los más desfavorecidos, que con motivo de la destrucción de la ciudad habían perdido todo cuanto tenían. Lo hacía en un desquiciado frenesí para prevalecer por encima del hombre más valioso que había parido hasta ese momento la república romana; para ser más que el ilustre Camilo. 

lunes, 1 de julio de 2024

De tiranos, dictadores, déspotas y autócratas.

 Se utiliza hoy en día con gran ligereza, el término "dictador" y es usual tildar a cualquier politiquillo mediocre de "tirano". Y ambos conceptos, usados tan arbitrariamente casi en cualquier oportunidad para llenar de oprobio al contrario, han sido desprovistos de su significado real y devaluados en el habla común a un punto que cualquier palurdo de medio pelo puede compartir las insignias de augustos prohombres que definieron la historia de la humanidad; que gigantes de la talla de César o Sila, en su inconmensurable medida, tengan que compartir la palestra con guiñapos tan contingentes e irrelevantes como Pedro Sánchez, Nicolás Maduro ó López Obrador. 


Vayamos con Tito Livio, que como en casi cualquier tema, en su Ab Urbe Condita nos provee de la autoridad sapiencial para abordar cuestiones tan alejadas en el tiempo pero que vuelven a nuestra cotidianidad, por su extendida bastardización conceptual. 


Sabemos de la aversión romana a la monarquía, fuente de todo mal en el estado y de todos los vicios públicos. Conocemos de la expulsión de la gens Tarquinia (Que es un bellísimo relato que hemos abordado en otro momento, y que comparte grandísimas similitudes con la expulsión de los hijos de Pisistrato en Atenas e incluso su régimen sustitutivo, la república romana, emula las instituciones del régimen de Solón). 


Conocemos los entresijos y pormenores del decenvirato; la infamia de los diez "Tarquinios", la lascivia de Appio y el escándalo de haber tratado de reducir a la esclavitud a Virginia para satisfacer sus más bajas pasiones. Tenemos, en términos generales, una idea bastante clara de lo que para los romanos era, la virtud en el ejercicio del poder y sus categorías conceptuales que deberían ser torales para nosotros. 


El autocrator, per se, no es un mal en si mismo. La ilegitimidad del poder y su desprecio a la institucionalidad es aquello que lo envilece. Ello se corresponde con el término Tirano adoptado desde la tradición política griega; el poder omnímodo, ilegítimo y sin cortapisas de ninguna índole. Tenemos a este respecto a los célebres tiranos atenienses (Hipias, Pisistrato o incluso el cuerpo colegiado de los treinta tiranos).


Los romanos utilizaban indistintamente el Tirano así como el Déspota, pero este con connotaciones aún más infamantes: relacionado con los reyes orientales y su ejercicio obsceno del poder; el déspota denotaba también características barbarizantes y para los romanos, todo aquello ajeno a la recta normalidad romana era cuanto menos, sospechoso de ser algo primitivo. El término cayó en desuso en la época imperial (Curioso es, que el basileus helenísitico fue un paradigma y modelo de sofisticación ya en épocas tardoimperiales) y se retomó de las fuentes clásicas en la baja edad media. 


 La dictadura era una magistratura extraordinaria, perfectamente legítima e institucional, que servía para plantar cara a situaciones de extrema necesidad en el estado romano. Tenemos el paradigmático caso de Cincinato que se despojó de las insignias de dictador al cabo de unos días (Una vez saldada la cuestión de la invasión de los galos) y que volvió como un ciudadano privado a sus asuntos particulares. Pero Cincinato no es sino uno de cientos de ejemplos de dictadores a lo largo de los siglos de Roma. Salvo los dictadores tardorepublicanos, fue una magistratura extraordinariamente efectiva y cuyo ejercicio fue en la mayoría de los casos, intachable. 


Tenemos la figura de interrex menos conocida, investida de todas las dignidades y atribuciones. Que se instituía al tener vacante el consulado y que organizaba la elección de cónsules; también ejercida con ejemplaridad a lo largo de quinientos años. 


Están igualmente los tribunos consulares. Dignidad que investía a los tribunos de la plebe (El gran contrapeso del aparato estatal patricio) del imperium para comandar a las legiones de la república. En ocasiones el senado nombraba un interrex y en otras más, daba plenos poderes a los tribunos. Y había ocasiones en que los tribunos ostentaban la atribución consular durante más de diez años. Con cierta reticencia de la nobleza romana, sí, pero con el respaldo de la institucionalidad republicana y con un ejercicio legítimo emanado de sus leyes.  


Es pues que utilizamos categorías más viejas que el pecado mismo, desarrolladas por un pueblo que instituyó casi todo lo que podemos llamar civilizado que no se corresponden con nuestro mundo. No somos capaces de describir nuestra propia realidad política en nuestros propios términos. 


Y así ya cualquier pintamonas de la política es un dictador por que a algún iluminado se le ocurrió que era un término oprobioso cuando en su contexto y en su tiempo, los dictadores eran llevados en hombros hasta la puerta de su casa, por la grandísima admiración que les profesaba la gente. Y de los demás términos aquí descritos brevemente, si bien infamantes y que trascienden su propia realidad histórica, son una suerte de caricatura grotesca que busca más ofender que describir. 

La Odisea de Nolan y el wokismo como institución cultural.

 Nolan tiene un estilo propio y un nombre en la industria. Para nadie pasan desapercibidas sus obras y lejos de los tropos hollywoodienses q...