El tiempo corre y se lleva, con su inefable y despótica fuerza nuestras vidas. Se van las experiencias, efímeras e insustanciales que como un susurro desaparecen y solo perviven en el recuerdo. Se van las personas y con ellas, una parte de nosotros que reclamaron para sí, arrancandola inmisericordemente de nuestro corazón. Incluso los sitios se desvanecen; aquel café de la tarde, aquella playa de la infancia; aquella cabaña donde reíste durante toda una noche; vuelves y aunque es el mismo espacio ya no es el mismo lugar.
También tú comienzas a marcharte. Llegará un momento en la vida, en que son más los recuerdos que el porvenir y que el espíritu de la profundidad, reclama tu conciencia para vivir por siempre en aquello que fue y que nunca más será. Abandonar la convulsa marcha de la vida y retirarte a aquel páramo frío y desolado para recrearte en la contemplación perpetua de todo cuanto amaste con intensidad.
Las parcas ya han decidido cuando cortar el hilo de nuestra existencia y entre tanto, sólo nos toca esperar. Nuestra única esperanza es atesorar nuevas experiencias, nuevas personas y nuevos lugares y plantarle cara al tiempo. Para que cuando llegue el fatal momento, estemos tan inflamados de amor que la muerte sea un feliz reencuentro con todo lo que nos fue arrebatado.
"su cuerpo dejará, no su cuidado; serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado".