miércoles, 15 de mayo de 2024

Sila y los estertores de la república.

De entre todos los grandes hombres que dieron entidad al convulso siglo I a.C., hay uno que pasa casi desapercibido; casi como un advenedizo en la historia de Roma opacado por el fulgor de Cicerón o Julio César. Lucio Cornelio Sila; la quinta esencia del tirano -Tal vez más vilipendiado en la historiografía romana que Tarquinio El Soberbio- y que sin embargo delineó los ejes del poder omnímodo. 


Si hablamos de Sila, necesariamente tenemos que hablar de su contraparte, Cayo Mario. Y es que la dicotomía de ambos personajes es similar a la de Julio César-Pompeyo ó a la de Octavio-Marco Antonio. Dos hombres con una entidad colosal a los cuales la escena política romana les quedaba muy pequeña.


Y sin embargo, Mario y Sila gobernaron y ejercieron plenamente el poder. A la muerte de Mario, llegó el régimen de Sila que tiene unas particularidades, de un interés especial. 


Solía arengar desde la rostra en el foro, con la cabeza de algún enemigo clavada a una pica que sostenía y con la que acompañaba los ademanes de su discurso. Mientras se votaba alguna ley en el Senado, se escuchaban los gritos de dolor de sus víctimas (En un sólo dia, asesinó a 6000 opositores) a lo que él solía comentar, para quitar hierro al asunto: "Los lictores habrán aprehendido a algún otro ladrón. Cada día son más eficaces". 


Instauró las primeras proscripciones, una ley que marcaba con nombre a los opositores al régimen y que por ministerio de tal medida, podían ser emboscados y se les podía dar muerte por la calle sin ninguna consecuencia; los bienes de tales infelices eran confiscados y rematados en subasta pública (Se dice que el potentado Craso se hizo así de su fortuna; asistiendo diligentemente a las subastas de las víctimas de Sila para hacerse con grandes heredades a precios de risa). La institución de las proscripciones volvió a utilizarse en el segundo triunvirato para purgar a la oposición de Octavio, Marco Antonio y Lépido (Para dar muerte a los cesaricidas y a sus adeptos). 


Es el primero en erigirse como Dictador perpetuo (Más tarde lo haría el propio Julio César). Se colmó de todos los honores (Incluso Pater Patriae) y dada su afición al teatro griego, solía despachar desde tal recinto, en el que permanecía días enteros entre orgías, comilonas y recepciones. Era un hombre delgado, pelirrojo y con unos profundos y enigmáticos ojos azules. 


No murió asesinado, ni fue depuesto de ninguna manera. Generosamente, un día decidió entregar el poder al senado y marcharse a su finca de campo a labrar la tierra (Cual Cincinato). Arengó de nueva cuenta desde el foro en su último acto público (Esta vez, sin miembro humano alguno para dar fuerza a sus palabras); que si alguien tenía algo que reprocharle sobre su gestión, se lo reclamase directamente ahí mismo. 


De entre sus últimas medidas, fue levantar las sanciones a Julio César, quien por una proscripción estaba exiliado y su familia en la práctica indigencia. Cuenta Suetonio que a este respecto, aunque accedió a perdonarlo, se notaba un gesto de incredulidad en su rostro, y dijo para si mismo y para aquellos que estaban lo suficientemente cerca para escucharlo: "Veo en la ambición del joven César, a muchos Marios". 







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