Siempre hemos asociado el mal, a lo más obscuro del alma humana. En la antigüedad, cuando la religiosidad lo inundaba todo, incluso se creía en la existencia de entidades cuyo único cometido era esparcirlo. Aún hoy en día, en nuestra tradición católica, es labor del maligno conducirnos a este y sojuzgarnos ahí, en la impiedad del mal por toda la eternidad.
Y así como el mal se relaciona a lo peor de nosotros, la bondad es su opuesto. Y sería nuestra característica más encomiable. Y en la gran encrucijada moral que es la vida, nos debatimos entre el bien y el mal, dramática en ocasiones, pero en la gran mayoría de las veces, cómicamente.
¿Pero es el mal consustancial a nosotros? ¿O por el contrario, es algo incidental de lo cual podemos prescindir?
Entiendo el mal, como el daño a los demás. Un daño sin que medie provocación; sin justificación y sin causa previa. Y la perversidad sería disfrutar de ese daño inflingido. Dañar a otros impunemente, podría reafirmar alguna fantasía de poder y superioridad; un acto de reafirmación del ego, que yace emocionalmente diminuto ó mutilado y que en el acto de dañar, busca restituirse fútilmente.
Dañando; en la embriaguez de someter a alguien más a nuestra voluntad destructiva, encontramos la ilusión del poder y de la dominación (Ilusión que desaparece pronto, cuando nos percatamos que ese pequeño ego, contrahecho, sigue siendo miserable y raquítico). Y es la compulsión de esa embriaguez, para ahogar la realidad del ego esmirriado, fundamento de la perversidad.
Supongo que es el tipo de mal menos frecuente ya que es propio sólo de los monstruos mas abyectos y en la mayoría de las ocasiones se trata de justificar el daño perpetrado por alguna causa previa, no importando lo inconexa, lejana ó disparatada que esta sea -No se reconoce la perversidad, aunque en el fondo exista-. Puedo asesinar a millones de judíos por que han saqueado al país. Puedo fusilar a cientos de gusanos en La Cabaña, por que son burgueses que conspiran contra la revolución. Robo a los demás por que la sociedad me ha hecho pobre, sin oportunidades y miserable. Puedo violar y asesinar niños, por que entiendo lo insignificantes que son, así como cuando yo era golpeado y violado de pequeño (Alfredo Garavito). Puedo mentir respecto a una violación, por qué los hombres son seres abyectos y terribles, que no merecen ninguna consideración.
Y esto nos lleva al mal que no es incausado. El mal de la retribución; el exceso en responder al daño. Si alguien me roba la cartera y en consecuencia, le quemo la casa y le apuñalo. La desmedida respuesta dará pie al perjudicado, para que busque a su vez una retribución aún mas excesiva. Es por ello que la justicia nunca puede estar en manos de ninguna de las partes ya que la venganza es, siempre desmedida (Siempre consideraré mi daño mayor al que objetivamente habría recibido y buscaré un pago desorbitado).
Pensemos en el ser humano más inocente e indefenso que pueda existir en el mundo; un bebé recién nacido. Y pensemos en un ser perverso que sin sentido aparente le inflinge algún mal. Dependiendo el tipo de daño; su naturaleza, su destructividad ó su periodicidad es probable que aquel bebé cargue con un resentimiento; incluso con algún trauma que le haga buscar durante toda su vida retribución a ese daño que le han provocado hasta llegar al punto, después de muchos años, de causarle daño al bebé recién nacido de su victimario.
La cadena de la retribución creo que es el ciclo del mal que podemos percibir en la vida de cada uno de nosotros. Si alguien nos daña y no exigimos retribución, habríamos erradicado el mal -Algo que es prácticamente imposible-. Al menos el mal mundano y encarnado. Sobre el mal metafísico que nos acecha, es labor de curas, pastores, astrologistas y charlatanes varios, librarnos de él.