La construcción de ciertas figuras retóricas, más allá de su funcionalidad discursiva, pueden sugerir la belleza de la representación simbólica. Y es que, aún y cuando la imagen pueda evocar circunstancias adversas y terribles, es la elocuencia de la representación simbólica; su amplitud en reflejar la crudeza emocional aquello que sublima el alma y no un esteticismo estéril.
El tango es la poesía de la desesperanza. Y aunque no canta al amor, si no al desengaño, a la traición y al desencuentro, dirige sus flechas hacia lo más profundo de nosotros recreandonos en la contemplación de nuestro propio dolor. Nos fustigamos en los recuerdos gracias a sus ingeniosas figuras retóricas y lo disfrutamos.
Y Santos Discépolo sabía un rato respecto a ello. Sus líneas son potentes a la par que amargas. Para muestra Yira Yira; posiblemente el tango con las figuras retóricas mejor construidas de su repertorio. Aquí algunas estrofas y un estribillo que dan cuenta de ello.
Antiguamente, los timbres de las casas utilizaban pilas alcalinas. Secar las pilas de los timbres sería presionarlos durante varios días sin respuesta hasta dejarlas secas. Buscando contacto humano para morir abrazado a alguien más, después de haber sido estafado en alguna faena sin haber sido pagado por ella (Como un albañil o un campesino).
Te percatas que se están probando tu ropa, como si fueses a morir. Te acordarás del tonto que canta (Discépolo) que cansado de esa miseria, no lo está contando, lo ladra que es una figura mucho más potente que un grito o un lamento. Es un ladrido de alguien que ha sido despojado de la más mínima dignidad humana; tal y como si fuese una bestia.
Es simplemente, una maldita genialidad.