La moral romana del bajo imperio había degenerado en un completo pandemonium; la institución de la "repudiatio" en el matrimonio tornó el núcleo familiar en una inestable construcción -Podía repudiarse a una mujer incluso por la severidad de su mirada-. La cloaca máxima de Roma debía ser dragada al menos un par de veces por semana dado que los cadáveres de fetos y mujeres -Arrojadas al caño como basura después de morir en el aborto- impedían el curso de las desechos de la ciudad. El tardo helenismo combinado con el hedonismo más obsceno, se había impuesto entre las élites que sólo vivían para el deleite, ante un pueblo cada vez más miserable y hambriento.
Las grandes ciudades se vaciaban y las bagaudas, atestadas de desposeídos, asaltaban los caminos en busca de subsistencia. La propia Roma había comenzado a sucumbir ante las hordas de indigencia, trasladando la corte imperial a Mediolanum ó Ravena. No era la moral ya de los grandes señores; no la axiología republicana de Cincinato lo que llegaba a reformar el cristianismo, si no una moral aberrrante de una sociedad envilecida en los excesos y en la iniquidad humana.
Antes incluso que el cristianismo, el estoicismo comenzó a propugnar por una anábasis espiritual; por un retraimiento y una paz imperturbable en el interior. Pero la promesa cristiana de una existencia futura plena y dichosa alejada de la oscuridad y de la hostilidad del mundo, caló muy hondo entre la gran mayoría que discurría entre el hambre y la muerte. Era una promesa muy atractiva para la gran masa que sufría inconmensurablemente.
El papel de las matronas romanas fue crucial en la implantación de la nueva religión entre la élite. En parte por su licencioso comportamiento sexual (Podían retozar con grandes campeones del circo, con libertos y esclavos) y en parte por esa sensibilidad femenina que está mucho más allá del entendimiento de cualquier varón. Ellas también encontraban consuelo en el perdón de sus faltas ante un dios empático y humano (Tal vez el más humano que haya existido jamás). Fueron ellas quienes llevaron la religión de los parias, desde las cloacas y catacumbas hasta los salones del palacio imperial.
Nietzsche parte de una gran falacia: el creer que no hubo decadencia ninguna. Que el glorioso alto imperio de un día para otro se había convertido al cristianismo intoxicando su propia esencia, obviando que de la grandeza de Roma ya no quedaban sino vestigios ruinosos. Y si no hubiese sido el cristianismo, cualquier otra secta que diera algún tipo de esperanza a las grandes masas de desposeídos, hubiese triunfado.
El cristianismo y su implantación no es más que la consecuencia lógica de un convulso tiempo donde la dignidad humana se encontraba bajo mínimos. Y fue lo mejor que le pudo pasar a lo que alguna vez fue el imperio más grande sobre la tierra.