jueves, 21 de diciembre de 2023

De Augusto a Cayo (Calígula): la decadencia moral de una dinastía.

De Augusto además de sus grandes gestas y de sus extraordinarios hitos, nos llegan por el testimonio de Suetonio, pequeñas licencias en el comportamiento ejemplar que se esperaría del Primus Inter Pares de la primera potencia del mundo antiguo. 

Repudió a dos mujeres antes de contraer matrimonio con Livia -Una embarazada de la que también desconoció la legitimidad del niño y otra con extravagantes hábitos de alcoba que le horrorizaban-. El adulterio en tan prominentes hombres como el propio Augusto era consabido y se deleitaba con mujeres jóvenes e incluso prepúberes -A las que reclutaba para su deleite su propia esposa-; era asiduo a lupanares y un consentudinario bebedor. 

Aunque siempre observador de la dignidad de senadores y caballeros, si en algún convite quedaba prendado por la belleza de la esposa de alguno, discretamente le llamaba, se perdían de la vista de todos y volvían al cabo de algunos minutos con el cabello revuelto. Siempre desde el respeto y la discreción más absoluta, como cabría esperar del talante de un príncipe. 

Tiberio era mucho más siniestro. En Capri, donde pasó la mayor parte de su tiempo como emperador, erigió el "Rincón de los deleites". Entre exquisitas esculturas de mármol que representaban grandes mitos de la cosmogonía grecolatina, correteaban desnudos niños varones de los cuatro a los doce años. Tiberio les aleccionaba en toda suerte de perversiones sexuales. Siempre tuvo debilidad por los más pequeños hasta el último día. 

En los sótanos de la domus imperial, tenía apresados a muchos disidentes donde les torturaba hasta la muerte. A diferencia de Augusto que toleraba la crítica, Tiberio era intolerante a la más mínima oposición. Entre los apresados en aquellas mazmorras que visitaba compulsivamente varias veces al día cuando estaba en Roma, se encontraban tíos, sobrinos y hasta uno de sus hijos. Le obsesionaba que alguien le arrebatase el poder. 

Se le relaciona con varios asesinatos con tintes políticos de entre los parientes de Augusto, siendo el más sonado el de Julio César Germánico; el militar más exitoso y el príncipe  de mayor ascendencia de la domus -Hijo de Antonia la Menor (Hermana de Marco Antonio) y esposo de Agripina la Mayor (La hija de Agripa)-. Y es que aunque Augusto había dispuesto que Tiberio fuera un emperador de transición para ceder el trono al glorioso Germánico, Tiberio decidió que conservaría más tiempo el poder. 

A la muerte de Germánico, hubo varios estallidos y levantamientos rebeldes por todos los rincones del imperio. La muerte de Germánico tampoco había sentado bien entre la plebe y en Roma se respiraba un aire de zozobra. Por lo que Tiberio decidió adoptar e instituir como heredero a Cayo Julio César Augusto Germánico, hijo del bien amado Germánico quien a la muerte de Tiberio fue recibido como el más querido gobernante del que las crónicas tengan registro en la historia; en hedor de multitud y a hombros de miles de ciudadanos romanos, Calígula comenzaba su principado. 

Calígula era un mote cariñoso entre la soldada para con el nuevo emperador; "Botitas". Dado que su madre le había confeccionado unas pequeñas Caligae cuando niño similares a las que calzaban los legionarios cuando este y su madre acompañan a su padre al frente. Y el principado de Calígula comenzó con los mejores auspicios y con el más fervoroso amor del pueblo romano. Y todo marchaba bien, y parecía tener el talante del propio Augusto y su ejercicio en el poder era ejemplar y modélico, hasta que enfermó. 


Le brotaron al cabo de algunos meses al frente del imperio unas extrañas fiebres y de un día para otro, su carácter, su semblante y su personalidad cambiaron radicalmente. Algunos creen que eran síntomas de una sobrevenida esquizofrenia; otros creen que trataron de envenenarlo y tuvo gravísimas secuelas neurológicas. Pero lo único cierto es que un monstruo estaba por desplegar los actos más viles, grotescos y miserables que gobernante alguno hubiese perpetrado alguna vez. 

Dilapidó al cabo de un año el tesoro imperial en fiestas, banquetes, ceremonias y bacanales que había heredado de Tiberio  (Que aunque siniestro, había resultado ser un buen administrador). Y para recaudar fondos, instituyo toda clase de impuestos delirantes -Entre un gran catálogo a cada cual más absurdo, sirva como muestra el impuesto por tener piernas-, realizó subastas públicas donde obligaba, so pena de asesinato a algunos senadores y caballeros para comprar bagatelas a precios exorbitantes. Requisaba y despojaba de casas y tierras a cualquiera que se cruzase por su camino en alguno de sus paseos por la ciudad. 

Convirtió el palacio imperial en un gran prostíbulo. Donde la mayor atracción (Y la más cara) era deleitarse con las propias hermanas del emperador. Decoró las alcobas del palacio con camastros y las llenó de mujeres y niñas que capturaba su guardia personal de entre la plebe. Él, personalmente, probaba las dotes en el oficio de todas las congregadas en aquel lugar por primera vez. 

Solía charlar durante varias horas con la estatua de Júpiter Óptimo Máximo en el Capitolio. Y en alguna ocasión se enfadó con el dios por no pronunciar palabra alguna y ordenó que decapitasen la estatua y sustituyeran su cabeza por una de el mismo y a partir de ese día, promovió un nuevo culto hacia él como una nueva advocación de Júpiter. 

 En ocasiones, si alguna mujer le gustaba, la invitaba junto a su marido a disfrutar de un exquisito banquete. La examinaba escrupulosamente y se deleitaba en el desconcierto y el temor; acto seguido sobre la mesa donde se disponía la comida, saciaba su lascivia con la esposa enfrente de todos. Al finalizar, si había disfrutado del intercambio, elogiaba sus atributos sexuales o sus dotes físicos frente al marido para halagarla. Si el encuentro había sido desafortunado, los asesinaba a ambos. 

Disfrutaba con frenesí de las orgías durante días y los más grandes lazos de amistad que tejió los forjó en estas. Hizo abortar a una de sus esposas con cuarenta patadas en el vientre (Dado que lo había visto en un sueño). A diferencia de Tiberio o de Augusto, en su deleite sexual no había ningún límite: niños, hombres, ancianos, mujeres o incluso animales. Era una bestia insaciable y completamente enloquecida. 

Al final resultó asesinado saliendo de una carrera de cuadrigas, pero con tal ensañamiento y desprecio que todo aquel que pasaba por ahí, trataba de infamar aún mas su maltrecho e informe cadáver. Se le describe como un hombre orondo, calvo, sonrosado, con una extraña sonrisa y que vestía de una forma tan estrafalaria y ridícula que no parecía un ser humano. 








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