Cuando pensamos en la reencarnación, evocamos en nuestra mente religiones orientales. Hinduísmo, Taoísmo ó tal vez Budismo, pero abstraemos de la tradición occidental la posibilidad de cualquier acercamiento a este concepto. Sin embargo, la idea viene de antiguo en nuestra cultura como de antiguo son los principales conceptos que estructuran nuestros fundamentos en todo lo que se refiere a la esencia de la existencia más allá de la muerte.
Además del concepto de la inmortalidad del alma que sobrevive a la tribulación de la carne, el panteón griego contemplaba desde al menos el siglo XV a.c. tal premisa. Ciertas ninfas, hijas todas del único titán que jamás se sometió a la potestad olímpica despues de la titanomaquia, eran las encargadas de custodiar los cuerpos de agua dulce del mundo; las náyades. Entre todas ellas, Lete tenía a su cargo aquel río del que debían beber los muertos para olvidar todo aquello que habían hecho en vida.
Como Lete, también la tradición se refiere al propio río (Siendo la náyade tal vez, una entidad que representaba la naturaleza misma del afluente). Y con diferencia del Aqueronte, que se extendía sobre nuestra propia tierra por todos sus rincones y recovecos (Platón afirma que corría incluso por debajo de los desiertos), desenvocando en la mítica laguna Estigia, el Lete sólo tenía materialidad en el inframundo. Y con diferencia de los demás ríos del hades, el Lete era el único cuerpo de agua calma, cristalina y el más pequeño de todos.
Si había que olvidar todo aquello que aprendimos en vida y el ciclo de las almas era un continuo ¿Esto incluía también las experiencias morales que pudiesen enriquecer nuestro espíritu? Y si así fuese ¿Qué sentido tendría reencarnar si el alma humana, no pudiese aprender las valiosas lecciones de la vida en cada nueva oportunidad, para estar más cerca de la virtud?
