Asdrubal, el padre de Aníbal, según relata Tito Livio, le hizo participar de un solemnísimo juramento a la tierna edad de nueve años. Después de una espléndida hecatombe en el templo de Melkart, Aníbal declararía su odio eterno a Roma ante los principales de Cartago.
Esta formalidad, recuerda mucho a lo hecho por la fundadora de Qart Hadasht; la reina Dido (Elisa en su forma romanizada) quien expresaría una idea similar contra Eneas y sus troyanos, aunque con la belleza de los versos de Virgilio.
"Y vosotros, ¡oh Tirios! cebad vuestros odios en su hijo y en todo su futuro linaje; ofreced ese tributo a mis cenizas. Nunca haya amistad, nunca alianza entre los dos pueblos. Álzate de mis huesos, ¡oh vengador, destinado a perseguir con el fuego y el hierro a los advenedizos hijos de Dárdano! ¡Yo te ruego que ahora y siempre, y en cualquier ocasión en que haya fuerza bastante, lidien ambas naciones, playas contra playas, olas contra olas, armas contra armas, y que lidien también hasta sus últimos descendientes!".
Roma se jugaba su propia supervivencia en la segunda guerra púnica y estuvo a punto de perderla. Hay muy pocos antagonistas de Roma de la entidad del Bárcida; posiblemente el más grande ya que ni la inflada leyenda negra de Atila puede rivalizar con la del general que después de Cannas podría, si así lo hubiese dispuesto, haber borrado a la República Romana del mapa.
Hacer que Aníbal y Dido albergasen el mismo sentimiento en su corazón, evidencia que La Eneida repasa de forma simbólica la historia real romana entre los mitos de su fundación y trataría de justificar la enemistad asesina entre ambos pueblos, haciéndola surgir de un malogrado amor no correspondido.
Un desaire como fuente primigenia ¿Porque quién podría odiar a los romanos por cualquier otra causa que no fuese por un odio heredado, enconado y reposado durante casi mil años? Habría pensado Livio.