lunes, 1 de julio de 2024

De tiranos, dictadores, déspotas y autócratas.

 Se utiliza hoy en día con gran ligereza, el término "dictador" y es usual tildar a cualquier politiquillo mediocre de "tirano". Y ambos conceptos, usados tan arbitrariamente casi en cualquier oportunidad para llenar de oprobio al contrario, han sido desprovistos de su significado real y devaluados en el habla común a un punto que cualquier palurdo de medio pelo puede compartir las insignias de augustos prohombres que definieron la historia de la humanidad; que gigantes de la talla de César o Sila, en su inconmensurable medida, tengan que compartir la palestra con guiñapos tan contingentes e irrelevantes como Pedro Sánchez, Nicolás Maduro ó López Obrador. 


Vayamos con Tito Livio, que como en casi cualquier tema, en su Ab Urbe Condita nos provee de la autoridad sapiencial para abordar cuestiones tan alejadas en el tiempo pero que vuelven a nuestra cotidianidad, por su extendida bastardización conceptual. 


Sabemos de la aversión romana a la monarquía, fuente de todo mal en el estado y de todos los vicios públicos. Conocemos de la expulsión de la gens Tarquinia (Que es un bellísimo relato que hemos abordado en otro momento, y que comparte grandísimas similitudes con la expulsión de los hijos de Pisistrato en Atenas e incluso su régimen sustitutivo, la república romana, emula las instituciones del régimen de Solón). 


Conocemos los entresijos y pormenores del decenvirato; la infamia de los diez "Tarquinios", la lascivia de Appio y el escándalo de haber tratado de reducir a la esclavitud a Virginia para satisfacer sus más bajas pasiones. Tenemos, en términos generales, una idea bastante clara de lo que para los romanos era, la virtud en el ejercicio del poder y sus categorías conceptuales que deberían ser torales para nosotros. 


El autocrator, per se, no es un mal en si mismo. La ilegitimidad del poder y su desprecio a la institucionalidad es aquello que lo envilece. Ello se corresponde con el término Tirano adoptado desde la tradición política griega; el poder omnímodo, ilegítimo y sin cortapisas de ninguna índole. Tenemos a este respecto a los célebres tiranos atenienses (Hipias, Pisistrato o incluso el cuerpo colegiado de los treinta tiranos).


Los romanos utilizaban indistintamente el Tirano así como el Déspota, pero este con connotaciones aún más infamantes: relacionado con los reyes orientales y su ejercicio obsceno del poder; el déspota denotaba también características barbarizantes y para los romanos, todo aquello ajeno a la recta normalidad romana era cuanto menos, sospechoso de ser algo primitivo. El término cayó en desuso en la época imperial (Curioso es, que el basileus helenísitico fue un paradigma y modelo de sofisticación ya en épocas tardoimperiales) y se retomó de las fuentes clásicas en la baja edad media. 


 La dictadura era una magistratura extraordinaria, perfectamente legítima e institucional, que servía para plantar cara a situaciones de extrema necesidad en el estado romano. Tenemos el paradigmático caso de Cincinato que se despojó de las insignias de dictador al cabo de unos días (Una vez saldada la cuestión de la invasión de los galos) y que volvió como un ciudadano privado a sus asuntos particulares. Pero Cincinato no es sino uno de cientos de ejemplos de dictadores a lo largo de los siglos de Roma. Salvo los dictadores tardorepublicanos, fue una magistratura extraordinariamente efectiva y cuyo ejercicio fue en la mayoría de los casos, intachable. 


Tenemos la figura de interrex menos conocida, investida de todas las dignidades y atribuciones. Que se instituía al tener vacante el consulado y que organizaba la elección de cónsules; también ejercida con ejemplaridad a lo largo de quinientos años. 


Están igualmente los tribunos consulares. Dignidad que investía a los tribunos de la plebe (El gran contrapeso del aparato estatal patricio) del imperium para comandar a las legiones de la república. En ocasiones el senado nombraba un interrex y en otras más, daba plenos poderes a los tribunos. Y había ocasiones en que los tribunos ostentaban la atribución consular durante más de diez años. Con cierta reticencia de la nobleza romana, sí, pero con el respaldo de la institucionalidad republicana y con un ejercicio legítimo emanado de sus leyes.  


Es pues que utilizamos categorías más viejas que el pecado mismo, desarrolladas por un pueblo que instituyó casi todo lo que podemos llamar civilizado que no se corresponden con nuestro mundo. No somos capaces de describir nuestra propia realidad política en nuestros propios términos. 


Y así ya cualquier pintamonas de la política es un dictador por que a algún iluminado se le ocurrió que era un término oprobioso cuando en su contexto y en su tiempo, los dictadores eran llevados en hombros hasta la puerta de su casa, por la grandísima admiración que les profesaba la gente. Y de los demás términos aquí descritos brevemente, si bien infamantes y que trascienden su propia realidad histórica, son una suerte de caricatura grotesca que busca más ofender que describir. 

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