Había dos grandes relatos en las eras anteriores a la modernidad. El relato del héroe, el más antiguo de la humanidad y el relato del sacrificio, narrado en los evangelios. Y ambos relatos construyeron todo lo que entendemos por civilización. Eran una gigantesca cosmogonía que le hizo sentido a miles de millones de seres humanos en la historia del mundo.
La premisa de la posmodernidad es correcta. Los grandes relatos (Más allá de la categorización de los mismos) dejaron de significar algo. Fracasaron en explicarnos el mundo. Y el posmodernismo aboga por construir un nuevo gran relato que vuelva a otorgarnos una gran cosmogonía y un sentido a la vida; el relato de la víctima.
Tanto el héroe como el sacrificado, no lo eran intrínsecamente. Habían decisiones morales que definían sus acciones; había un esfuerzo, una profunda anábasis y un extenso camino que recorrer para definirse a si mismos y alcanzar su virtud. En el nuevo relato de la víctima, el mérito no existe por que la virtud de la víctima, es inmanente. La víctima es y permanece inmutable por condiciones que es incapaz de revertir. Su virtud es una manifestación de su existencia misma.
Algunas de las nuevas ideologías, que promueven pequeñas narrativas para construir el nuevo gran relato, tienen un denominador común; giran en torno a elementos materiales ó físicos (Feminismo, generismo, transhumanismo, racializalismo, etnicismo, indigenismo) que nos vienen dados de cuna. Y que no solo no representan ya no una determinación moral del individuo, si no que son algo tan superficial como nuestra piel. No son doctrinas que busquen alimentar un crecimiento espiritual o un desarollo intelectual; son constataciones reiterativas de un hecho tremendamente aleatorio e insignificante como lo es el nacer con determinados genitales, con cierto color de piel o en algún lugar y cultura particulares; son odas a la fáctica obviedad.
También se caracterizan por la mortificación perenne y la consternación pública y aparente; lo que vendría siendo en términos evangélicos el desgarramiento de vestiduras. Y entre más sonora y notoria sea la repulsa, mayor reconocimiento social tendrá. Así tenemos a los ambientalistas lanzando latas de sopa al cuadro de la Mona Lisa; a los animalistas, colocando rosas en los paquetes de carne de un supermercado ó a las feministas bailando una proclama al ritmo del reggaeton. Es el componente de la performance -Inocua, vacía y coreografiada- que hace las veces de la antigua catarsis colectiva.
Por totem de la víctima, podríamos entender aquel fenotipo que describe perfectamente la teoría posmoderna de la interseccionalidad; y que como si fuese ¿Adivina Quién? entre más características materiales y físicas poseas, más virtuoso eres (Por que el sólo hecho de existir, recordemos, es sinónimo de virtud per se). En ideologías que giran en torno a los animales ó a abstracciones como la naturaleza, el totem de la víctima sigue siendo una entelequia con características físicas o materiales inmutables e inmanentes.
Así el nuevo gran relato que le dará sentido a nuestras vidas y que definirá a partir de ahora el nuevo destino de la humanidad, nos propone, así como se nos propuso antes el camino del héroe o el camino del sacrificio, el camino de la víctima ¿Habrá gloria? ¿Habrá redención? ¿Valdrá la pena tirar al caño absolutamente todo lo anterior y entregarnos en cuerpo y alma a una nueva y vivificante narrativa?