Cuenta la tradición que Tarquinio el Soberbio envío una comisión a Delfos para inquirir al oráculo sobre los destinos de Roma. Además de los dos hijos del rey (Tito y Arrunte) acompañaba a la comitiva, Lucio Junio Bruto.
Los vástagos del monarca, preguntaron sobre quien sucedería a su Padre en el trono de Roma. Se profirió un críptico vaticinio como era habitual. "Aquel que bese primero a su madre"; sentenció la pitia. Bruto se arrodilló inmediatamente y besó la tierra, interpretando acertadamente el enigma délfico. Años más tarde se convertiría en uno de los primeros cónsules de la República Romana.
Y la historia defenestraría la imagen del séptimo y último rey de Roma, siendo el arquetipo perfecto del tirano. Sobre su vilipendiada estampa, se pronuciarían incontables arengas e innumerables apologías sobre la libertad y la República. Su sombra, acompañaría a la infamia de algunos que se hicieron con el poder omnímodo a la sombra de las instituciones republicanas, como Sila.
Pero ¿Fue Tarquinio el Soberbio tan nefasto? Cierto es que la evidencia arqueológica nos da muestras de que embelleció Roma como ninguno otro antes lo había hecho. Construyó la Cloaca Máxima, cuyo vestigio dio paso al actual sistema de drenaje de la ciudad y cuyas ruinas aún pueden ser contempladas. Dotó a lo que se convertiría en el Circo Máximo de asientos para el disfrute de la plebe. Amplió y mejoró el templo de Júpiter Óptimo Máximo, estableciendo tambien el culto para los demás pueblos del lacio en la advocación de Júpiter Lacial.
También estableció la primer alianza con los demás pueblos latinos. Dotó de mayor representación en los comicios centuriados a las familias más empobrecidas. Y ocupó a los proletarii en su ambicioso programa de obra pública que desplegó por toda la ciudad a cambió de una retribución diaria de trigo. Además, colonizó gran parte del Monte Pincio, liberando a la ciudad de la carga de gente sin tierra y sin oficio.
Los tiranos griegos en la época arcaica, también fueron los más grandes promotores de la obra pública. Los primeros acueductos, monumentos y fuentes en Grecia fueron obra de tiranos. Donde también ocuparon a los más desfavorecidos de la sociedad como mano de obra (A cambio de una retribución alimentaria). Y aunque el pueblo ocupado en estas tareas, poco tiempo tendría para pensar en política (Un pueblo ocioso podría tender a la sedición) lo cierto es que los desposeídos no tendrían ninguna otra fuente de sustento de no ser por los tiranos.
El tirano establece una relación profunda con el pueblo. Se debe en gran parte a éste y el pueblo se ve favorecido; con trabajo, con nueva infraestructura urbana, con títulos de propiedad y con ocio público. Y es que el ascenso de Tarquinio el Soberbio, aún con toda su tosquedad, responde a una dinámica de sustitución de élites. Y la legitimación de la nueva elite encuentra siempre su última ratio en el favor del pueblo (Más allá de una burda excusa de su asalto al poder).
Cuando Tarquinio el Soberbio asesinó a Servio Tulio y cuando su esposa Tulia pasó por encima del cadáver de su padre, lo hicieron en torno al júbilo y al regocijo del pueblo romano. El tirano antes que tirano, se encumbra como un demagogo en su acepción más literal (El que conduce al pueblo). No es de extrañar que los más grandes tiranos atenienses hayan surgido en olor de multitudes; y algunos directamente designados por la ekklesía en plena democracia.
¿Y sí el tirano no era otra cosa que un ungido, un prohombre providencial como pudiera ser cualquier prócer; cualquier héroe de cualquier nación moderna? En el caso de Tarquinio el Soberbio, todo lo que sabemos respecto a él, lo conocemos por fuentes muy posteriores; por autores auspiciados por el poder imperial (El cual promovía el relato republicano como justificación historicista del advenimiento imperial).
¿Y si entre Augusto y Tarquinio no había mayor diferencia que la mala prensa?