Sabemos por boca de Orígenes que Epicteto nació esclavo y siendo aún muy joven, trató de escapar de su cautiverio. Fue descubierto por su señor Epafrodito -quien tuvo el dudoso honor de haber asestado una puñalada mortal a Nerón- y este en represalia colocó una prensa sobre la pierna del niño.
Epafrodito torcía más y más el torniquete que aplicaba una gran presión sobre la piel y los huesos. Epicteto, impávido, solo atinaba a decir «La vas a romper».
Al momento en que la pierna se partió en dos, Epicteto, sin inmutarse sobre el hecho y con gesto displicente, sentenció con severidad:
«Te lo advertí. Ahora tienes un esclavo cojo».
Y esa actitud podría resumir de forma muy sucinta su pensamiento. Habrá otro espacio en el blog para hablar con mayor profundidad sobre el más grande de los estoicos pero quiero detenerme sobre la experiencia del dolor.
¿Epicteto se abstrae del dolor? ¿O lo siente con intensidad pero aún así, decide no manifestar su molestia?
A diferencia de Marco Aurelio o Séneca, Epicteto fue marcado por una existencia llena de privaciones y de toda clase de infortunios. Su única posesión, era una pequeña lámpara de aceite que le permitía leer por las noches, la misma que le robaron -dado que su pequeña casa no tenía puertas-.
Y encontró en la doctrina de Zenón un bálsamo para el dolor de la vida.
¿Quién si no un esclavo podría ser el más grande estoico de todos los tiempos?