jueves, 23 de octubre de 2025

Tiranicidas. Héroes y villanos según el relato historicista.

He hablado en este espacio anteriormente, que una de las mayores fortalezas que detenta el tirano del mundo clásico es el favor del populacho. Y tal y como si fuesen rara avibus, se manifiestan sólo en momentos convulsos de transición política y cambios sociales. En ocasiones, son brevísimas transiciones hacia un nuevo estadío y otras más, son acabados y bien definidos regímenes que inauguran una nueva era. 

Después de las reformas de gran calado de Solón en la Atenas del siglo VI a.C. que definieron las formas republicanas que son reconocidas universalmente al ser el fundamento de la prototípica República Romana -Y no el repugnante émulo francés que no fue sino un escaparate de psicópatas y toda suerte de miseria humana-, se adueñó del clima político un aire de inestabilidad. Se hizo con el poder un antiguo legislador; un tal Pisistrato quien gracias a un cuerpo de garroteros tomó por asalto la Acrópolis ateniense y comenzó a regir con mano de hierro.

Fue un gobernante benévolo y que llevaba el bienestar del pueblo como bandera; que embelleció Atenas como ninguno otro antes -Sólo Pericles podría comparársele en su gran obra urbanística y monumental (Y en su dilatada permanencia en el poder)-. A su muerte, legó el gobierno ateniense a sus dos hijos, Hipias e Hiparco (Aunque no había legado también en ellos, su buen talante de gobernante y estos al cabo de poco tiempo habrían saqueado las arcas públicas y cometido toda serie de atropellos contra la población). 

Harmodio y su amante, Aristogitón, aprovecharon las fechas de las panateneas (Fiestas religiosas, deportivas y culturales en la ciudad) para dar muerte a Hiparco. Fue Harmodio quien le apuñaló al verlo solo entre la multitud; este habría sido asesinado justo después de darle muerte por su guardia personal y Aristogitón como cómplice fue apresado, torturado y posteriormente ejecutado en prisión. 

Hipias desencadenó un efímero aunque brutal regimen de terror en la ciudad, volviéndose paranoico y desconfiando incluso de sus más allegados colaboradores. Tuvo que hacer frente a una potente rebelión popular que eventualmente le derrocaría y le obligaría a emprender el exilio, inaugurándose a partir de ese momento, la democracia ateniense. 


Escultura en honor a los tiranicidas de Antenor que engalanaba el centro de la Acrópolis Ateniense. Destruida por Jerjes en el asedio de Atenas en la segunda guerra médica. Réplica romana del museo arqueológico de Nápoles. 


Los tiranicidas, Harmodio y Aristogitón fueron encumbrados como mártires de la libertad. Aunque lo cierto es que, decidieron asesinar a Hiparco dado que este se acostaba con Aristogitón (Supuestamente compelido por la fuerza) y Harmodio enloquecido de celos no podía tolerar tal afrenta. Fueron el modelo dentro del mundo antiguo de próceres, aunque en vida nunca se les habría pasado por la cabeza que fuesen dignos de tal honor. 

Lucio Junio Bruto, el primer cónsul romano, al instigar la revuelta contra el déspota Tarquinio (El último monarca romano) se arrogó para si mismo, el honor de ser llamado tiranicida. Y Bruto, también fue encumbrado a las más altas dignidades de la historia. Siglos más tarde, un descendiente de este, Marco Junio Bruto, conspiraría junto con otros 59 senadores de la curia romana para dar muerte a Julio César en el teatro de Pompeyo Magno. 

Estos conspiradores también se harían llamar tiranicidas. Y la batalla del relato justo después de la muerte de Julio César comenzaba. Para algunos, un puñado de valientes habrían apagado la vida del más grande tirano romano desde los oscuros días de Sila y para otros más, un grupúsculo de cobardes habrían segado la existencia del más grande benefactor de Roma. 

Posiblemente la batalla del relato se ganó en la exequias de César en el foro romano. La laudatio de Marco Antonio inclinó la balanza del lado de los cesarianos -Un discurso potentísimo que conmovió al populacho- y las auténticas manifestaciones de adepción; de verdadera y genuina devoción por parte del pueblo a Julio César -No en balde era posiblemente el más grande patrono de Roma y tenía una clientela política de miles de personas-. 

Las matronas romanas arrojaban sus joyas a la pira donde se cremaba el cadáver de César; los judíos -Siempre favorecidos del dictador- exclamaban su pesar contemplando las llamas en un lamento al unísono. Algunos libertos incluso, se arrojaban a las llamas en frenética desesperación por la partida de su antiguo amo. Y los tiranicidas, que hasta hace algunas horas desfilaban en una suerte de improvisada marcha triunfal sobre la vía Apia, comenzaban a esconderse como ratas ante el ambiente popular y a ser llamados para la posteridad, cesaricidas. 

¿Realmente existían grandes diferencias entre Pisistrato, Tarquinio ó Julio César? Los tres detentaban un poder omnímodo, sin cortapisas de ninguna índole y apoyados mayoritariamente por el populacho. Tal vez, simplemente, fueron sus enemigos los que eran bastante distintos entre sí; y sus acciones interpretadas de distinta manera en tiempos también diferentes.  






La Odisea de Nolan y el wokismo como institución cultural.

 Nolan tiene un estilo propio y un nombre en la industria. Para nadie pasan desapercibidas sus obras y lejos de los tropos hollywoodienses q...